Conoce a nuestros productores aliados

Te presentamos a Don Rubén, un campesino cálido y enérgico; un excelente contador de historias que casi siempre lleva sobre su cabeza un sombrero aguadeño.


Don Rubén recuerda que cuando él era joven trabaja como recolector de café en el Suroeste Antioqueño, allí dormía sobre los sacos de café mientras ahorraba para comprar una cobija. Después de años de recolectar café y ahorrar todo lo que pudo, pidió un préstamo y empezó a cultivar café en su propia tierra.


Con el pasar de los años, fue mejorando constantemente sus cultivos de café, lo cual le hizo ganar reconocimiento en las competencias regionales; sin embargo, su familia continuaba viviendo con una gran inestabilidad económica. Don Rubén le vendía a un gran exportador que le pagaba el precio mínimo fijado por el gobierno de Colombia, un precio que era impredecible y normalmente muy bajo.


Por fortuna, esto ha cambiado. Desde que está trabajando de la mano de Pergamino, su café se vende directamente a clientes en Colombia y Norteamérica y por fin está recibiendo la recompensa por la alta calidad que ha logrado gracias a su trabajo duro. Ahora su finca se ha convertido en una próspera microempresa que puede invertir en su infraestructura y pagar bien a sus trabajadores. El año pasado Don Rubén no podía contener su emoción por volar por primera vez en su vida (él lo cuenta mucho mejor, escucha aquí la historia).


Es un gran privilegio para nosotros representar, en Colombia y el resto del mundo, a Don Rubén y a otros cientos de pequeños productores tan dedicados como él. Así es cómo todo empezó...  


Nuestras raíces cafeteras


Pergamino no siempre fue un exportador directo de café; antes también éramos una finca familiar que sufría la montaña rusa de los precios del café. Vendíamos nuestro café a un gran exportador, sin saber en manos de quién terminaría ni a qué precio. No teníamos la posibilidad de recibir un mejor pago por un café de alta calidad o con un perfil único.


Esperábamos impacientes un cambio —y no éramos los únicos—. Las generaciones más jóvenes de las regiones cafeteras de Colombia se han estado apartando cada vez más del cultivo de café, esto se debe, en gran parte, a que esta actividad ha sido difícil y poco rentable para las familias campesinas; como consecuencia, la edad promedio del caficultor colombiano es de 55 años. Si esta tendencia continúa, podríamos perder en una generación la amada tradición cafetera de las pequeñas fincas de nuestro país.


Era frustrante ver a caficultores tener que pasar por épocas de hambre, en casas con pisos de tierra y fogones de leña, que llenaban de humo sus hogares; mientras las grandes empresas como Nestlé y Starbucks ganaban miles de millones de dólares cada año a costa de su trabajo.


Para nuestra familia la cadena de producción de la industria del café estaba al revés: pagando mal a los campesinos trabajadores y sacrificando el carácter distintivo y local que proviene del origen único de cada café (el suelo, el clima, las variedades y las prácticas agrícolas) en pro de lotes más grandes que solo dijeran “Café de Colombia.”


Entonces tuvimos una idea: teníamos que construir nuestro propio modelo para comercializar el café. Así, suprimiendo a los grandes exportadores y comercializando directamente nuestro café con tostadores artesanales por todo el mundo, podíamos preservar el carácter local de su origen y distribuir de manera más justa las ganancias.


Más allá de un comercio justo


Al llegar a cientos de tostadores artesanales de café (y más tarde, despachando directamente a las casas de nuestros clientes), pudimos construir poco a poco una cadena de comercialización sostenible, que aumentó considerablemente el precio por calidad y ayudó a nuestros productores aliados a conseguir una vida mejor.


Bajarse de esa montaña rusa le permitió a Pergamino ayudar a cientos de pequeños caficultores a hacer lo mismo: hoy trabajamos con más de 600 productores de café de alta calidad por toda Colombia. En lugar de pagar el precio estándar de un "comercio justo", que en realidad sigue siendo demasiado bajo para producir mejorías reales en la vida de los campesinos colombianos, nosotros pagamos a nuestros aliados en promedio un 50% más.


Es difícil para nosotros, como una familia antioqueña, olvidar la historia no tan lejana de violencia en nuestro país, que surgió de la pobreza en nuestros campos: en nuestro sector rural. Estamos comprometidos a hacer todo lo que podamos para construir una clase media rural fuerte y apoyar a las microempresas del campo.


De vuelta a los orígenes


Pero el pago no era lo único que queríamos cambiar en nuestro nuevo modelo. A diferencia del modelo de Starbucks que mezcla todos los granos de diferentes partes del mundo y los tuesta a temperaturas abrasadoras para crear un sabor homogéneo (¡quemado!), nosotros queríamos que nuestros cafés tuvieran una trazabilidad absoluta que permitiera rastrearlos hasta las fincas donde fueron cultivados. Esto hace posible que podamos recompensar de manera justa la calidad de los caficultores y además preservar el sabor distintivo del origen de cada café: es eso lo que hace a un café realmente extraordinario.

El origen de un café es algo más que una foto bonita o una región geográfica. Abarca la altitud, el microclima y la variedad de la planta; además, la forma en la que las cerezas se recolectan y procesan en la finca. El productor tiene un lugar central en todo esto: el trabajo duro de cada uno de ellos, la curiosidad y el profundo conocimiento de su tierra es tan necesario para un café especial como el clima y el suelo.


Así que, si empiezas tu día con un café de la finca de Don Rubén, o alguno de nuestros orígenes, estarás disfrutando el suelo fértil, el microclima y el proceso único usado en su producción; y también estarás ayudando, a tu manera, a prosperar a las pequeñas fincas y a proteger el futuro de la tradición cafetera de Colombia.